Él, un purrete. Dando sus primeros pasos dentro de la cancha. Un niño con apenas unos minutos en cancha, que entra a jugar de visitante y en el Gigante de Arroyito. Sabe que es una parada difícil, complicada. Pero él es de esos que nunca arrugan. Si bien su rostro delata su corta edad, se sabe que la historia lo recordará como un gran caudillo, que podrá perder un partido, pero siempre estará al frente del equipo. Dándole el ejemplo a su pequeño grupo de seguidores. Esos fanáticos que están siempre tras él, su ejemplar Caudillo… Pero, por el momento, nada de eso pasa. Él, por lo pronto no lo es, ni eso ni nada parecido. Simplemente, es un “juvenil” con lo necesario para ponerse al frente de un grupo de purretes como él, y adentrarse en esa parada tan difícil.
El partido se les complica, con un grupo de férreos defensores que, zancadilla tras zancadilla, cortan sistemáticamente sus avances. Cada vez más doloridos después de tanta patada, optan por dejar que Carlos, la estrella del equipo, cargue con las piernas de los adversarios para dejarlo a él, nuestro protagonista, libre de esos venenosos pies enemigos. La parada se complica. La noche, el frío… el abucheo y la presión de los locales hace del encuentro, una verdadera temporal de insultos y objetos contundentes contra ellos, los únicos dos delanteros del equipo, pero a la vez los únicos dos que ponen en peligro el cero en el arco local.
Pero en un segundo, todo cambia… pase gol de Carlos para el purrete…
Una vez que los delanteros gambetean la marca de los defensores, rompiendo el offside, quedan de frente al arco, listos para escaparse y definir frente al portero con total tranquilidad. Si bien uno de los delanteros es la estrella del equipo, el otro es él: el purrete. Ese pibe que con su escasa edad, todavía se pone nervioso cuando el guardameta sale a achicarle el arco. Todas las fichas son depositadas en él, como ese caballo joven que acapara las miradas en un hipódromo y cuyas apuestas hacen temblar las bancas. Será por su porte, será por su andar… lo cierto es que sus seguidoras deliran con su presencia. Sus rivales tiemblan, porque si bien no es un portentoso francotirador en el momento de gloria, saben que están en presencia de algo grande. De algo importante. Saben que es un jugador de aquellos. Con una indiscutible categoría, que tiene que ser pulida, pero categoría al fin.
Así, pasa su primer partido. Quedan para otro momento los detalles de esos 90 minutos interminables. El roce con los defensores del cero rival. Los gritos de las desaforadas fanáticas, y todo ese ambiente que hizo de, esa noche, la noche del debut.
El partido se les complica, con un grupo de férreos defensores que, zancadilla tras zancadilla, cortan sistemáticamente sus avances. Cada vez más doloridos después de tanta patada, optan por dejar que Carlos, la estrella del equipo, cargue con las piernas de los adversarios para dejarlo a él, nuestro protagonista, libre de esos venenosos pies enemigos. La parada se complica. La noche, el frío… el abucheo y la presión de los locales hace del encuentro, una verdadera temporal de insultos y objetos contundentes contra ellos, los únicos dos delanteros del equipo, pero a la vez los únicos dos que ponen en peligro el cero en el arco local.
Pero en un segundo, todo cambia… pase gol de Carlos para el purrete…
Una vez que los delanteros gambetean la marca de los defensores, rompiendo el offside, quedan de frente al arco, listos para escaparse y definir frente al portero con total tranquilidad. Si bien uno de los delanteros es la estrella del equipo, el otro es él: el purrete. Ese pibe que con su escasa edad, todavía se pone nervioso cuando el guardameta sale a achicarle el arco. Todas las fichas son depositadas en él, como ese caballo joven que acapara las miradas en un hipódromo y cuyas apuestas hacen temblar las bancas. Será por su porte, será por su andar… lo cierto es que sus seguidoras deliran con su presencia. Sus rivales tiemblan, porque si bien no es un portentoso francotirador en el momento de gloria, saben que están en presencia de algo grande. De algo importante. Saben que es un jugador de aquellos. Con una indiscutible categoría, que tiene que ser pulida, pero categoría al fin.
Así, pasa su primer partido. Quedan para otro momento los detalles de esos 90 minutos interminables. El roce con los defensores del cero rival. Los gritos de las desaforadas fanáticas, y todo ese ambiente que hizo de, esa noche, la noche del debut.


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