- ¿Ovejas?
- ¡No!
- ¿Perros?
- ¡No!
- ¿Y entonces, qué?
- ¡Elefantes!
- ¿Elefantes?
- ¡Sí, elefantes! Tan grandes, tan toscos… pero indudablemente, un ser vivo con muchísima paciencia. O me vas a decir que para llenar semejante estómago no hay que tener paciencia.
- ¿Pero cuántos contaste? ¿Los típicos 10?
- ¡¡¡jajajaja!!! ¿¿10?? ¿Pero estás loco? Si hubiese contado hasta 10, como vos decís, la tendría que haber matado.
- Bueno, boludo, deja de dar tantas vueltas y contame, ¿cuántos contaste?
- 173.
- ¿Cómo que 173???
- Sí, 173 putos elefantes. 173 gordos, fofos elefantes. 173 gigantescos e insulsos elefantes. ¡Sí, 173! Como la calentura que tenía encima era suprema, las ovejas me quedaron chicas; los perros, casi insignificantes; las vacas, son demasiado apáticas (además, para qué las voy a joder, si con el ordeñe y la faena ya tienen suficiente). Y bueno… los elefantes me parecieron lo más acertado para darle dimensión a mi calentura. Me los imaginé de todas las formas posibles. Créeme: de todas. Con uniforme militar, de enfermeros, hamacándose en una hamaca paraguaya, andando en bicicleta, manejando un auto, de payasos, vestidos de budistas… Imagínate, un elefante caminando erguido sobre sus dos patas traseras, y con la ropa de budista. Sigo caliente, pero la verdad, no puedo evitar que se me escape una sonrisa cuando mi loca cabecita me retrata esa imagen, una y otra vez.
Y pensar que toda la calentura que me agarró, fue un sábado a la mañana. Y es jodido agarrarse semejante calentura un sábado, a las siete de la mañana. Pero ella lo logró. Sí, sí, señores… “we have a winner”. Ella, “la nena” lo hizo. Logró sacarme de mis casillas un sábado a las siete de la mañana. Esa cualidad sería merecedora de cualquier premio, sino fuese porque parece que lo hizo a propósito, al decirme que volvía de salir con su amiguito, que tantas ganas despierta en mi de hacerle la cara a nuevo, y con mis nudillos como sello distintivo.
Por suerte, gracias al Barba o, como se le diga, pero después de imaginarme 173 variantes de profesiones y estilos de vida posibles para un elefante, después de 3 grandes éxitos de Oasis, y después de un segundo desayuno antes de entrar a mi clase de economía del sábado por la mañana, me calmé. Finalmente, me calmé. No mucho, porque cada vez que lo volvía a pensar, me volvía a calentar. Pero por el bien del cerebro y de mi bobo corazón, me calmé.
¿Cómo pudiste hacerme agarrar semejante bronca como para llegar hasta el 173? Te tenés que sentir contenta, porque sos la primera que lo logra. Para tu supuesta escasa e ingenua experiencia, sos bastante ágil. Te diría que tenés más experiencia que Federer para definir una final. Vas a hacer carrera en esto, sea lo que sea… sé en donde vas a terminar, y vas a hacerlo muy pero muy bien. Quedate tranquila, que mientras vos destruís mentes a diestra y siniestra, aunque más bien a siniestra que a diestra, yo voy a seguir mi camino esquivando a las minas como vos, que lo único que hacen es embarrar la cancha con sus manías dignas de Hitchcock.
- ¡No!
- ¿Perros?
- ¡No!
- ¿Y entonces, qué?
- ¡Elefantes!
- ¿Elefantes?
- ¡Sí, elefantes! Tan grandes, tan toscos… pero indudablemente, un ser vivo con muchísima paciencia. O me vas a decir que para llenar semejante estómago no hay que tener paciencia.
- ¿Pero cuántos contaste? ¿Los típicos 10?
- ¡¡¡jajajaja!!! ¿¿10?? ¿Pero estás loco? Si hubiese contado hasta 10, como vos decís, la tendría que haber matado.
- Bueno, boludo, deja de dar tantas vueltas y contame, ¿cuántos contaste?
- 173.
- ¿Cómo que 173???
- Sí, 173 putos elefantes. 173 gordos, fofos elefantes. 173 gigantescos e insulsos elefantes. ¡Sí, 173! Como la calentura que tenía encima era suprema, las ovejas me quedaron chicas; los perros, casi insignificantes; las vacas, son demasiado apáticas (además, para qué las voy a joder, si con el ordeñe y la faena ya tienen suficiente). Y bueno… los elefantes me parecieron lo más acertado para darle dimensión a mi calentura. Me los imaginé de todas las formas posibles. Créeme: de todas. Con uniforme militar, de enfermeros, hamacándose en una hamaca paraguaya, andando en bicicleta, manejando un auto, de payasos, vestidos de budistas… Imagínate, un elefante caminando erguido sobre sus dos patas traseras, y con la ropa de budista. Sigo caliente, pero la verdad, no puedo evitar que se me escape una sonrisa cuando mi loca cabecita me retrata esa imagen, una y otra vez.
Y pensar que toda la calentura que me agarró, fue un sábado a la mañana. Y es jodido agarrarse semejante calentura un sábado, a las siete de la mañana. Pero ella lo logró. Sí, sí, señores… “we have a winner”. Ella, “la nena” lo hizo. Logró sacarme de mis casillas un sábado a las siete de la mañana. Esa cualidad sería merecedora de cualquier premio, sino fuese porque parece que lo hizo a propósito, al decirme que volvía de salir con su amiguito, que tantas ganas despierta en mi de hacerle la cara a nuevo, y con mis nudillos como sello distintivo.
Por suerte, gracias al Barba o, como se le diga, pero después de imaginarme 173 variantes de profesiones y estilos de vida posibles para un elefante, después de 3 grandes éxitos de Oasis, y después de un segundo desayuno antes de entrar a mi clase de economía del sábado por la mañana, me calmé. Finalmente, me calmé. No mucho, porque cada vez que lo volvía a pensar, me volvía a calentar. Pero por el bien del cerebro y de mi bobo corazón, me calmé.
¿Cómo pudiste hacerme agarrar semejante bronca como para llegar hasta el 173? Te tenés que sentir contenta, porque sos la primera que lo logra. Para tu supuesta escasa e ingenua experiencia, sos bastante ágil. Te diría que tenés más experiencia que Federer para definir una final. Vas a hacer carrera en esto, sea lo que sea… sé en donde vas a terminar, y vas a hacerlo muy pero muy bien. Quedate tranquila, que mientras vos destruís mentes a diestra y siniestra, aunque más bien a siniestra que a diestra, yo voy a seguir mi camino esquivando a las minas como vos, que lo único que hacen es embarrar la cancha con sus manías dignas de Hitchcock.

