lunes, 31 de diciembre de 2007

De la cadera para abajo: zona de riesgo

Impresionante. Otra palabra no existe. Hoy te conocí, y si bien voy a mantener tu identidad oculta, ojalá algún día lo leas y sepas que sos vos a quien va dirigido esto. ¡Qué cintura que tenés! No tiene forma alguna de ser descripta. Esa cinturita, como la movés de lado a lado. Sabés bien que te estoy mirando, e igualmente seguís moviéndola, de lado a lado... provocándome, incitándome a probar la carne prohibida. Me dejas ver que existe, pero no me dejas tocar... después de un tiempo, me dejas tocar, pero no me dejas probar... y me doy cuenta de que cada día estoy más cerca de, finalmente, probarla. Para mi, esa carne debería estar contaminada. Pero no lo puedo evitar. Sos una irresistible tentación. No puedo dejar de imaginar mis brazos envolviendo tu cintura. No puedo dejar de pensar lo radiante que me voy a ver cuando esas piernas me pertenezcan. No puedo dejar de pensar lo feliz que me haría enredarme con tu cuerpo entre las sábanas. La alegría que va a invadir mi cuerpo cuando logré, finalmente, estar dentro tuyo. Cuando, finalmente, logre que esas piernas, esas piernas con las que tanto soñé durante meses, sean mías, aunque sea, por una noche.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Se solicita

Hoy leí un aviso que decía: joven adulto, próximo a cumplir 25 años en algunas semanas más, regido bajo el signo de Acuario, desea algo muy simple: relacionarse con señorita, que sea acorde a él en cuanto a educación y nivel socio-cultural. Sería ideal que tenga entre 19 y 25 años (o sea… que promedie una edad de 22 años), con una altura promedio de 1.60 mts., peso que ronde los 50 kg., de preferencia morocha de pelo largo y lacio, aunque si es pelirroja, es bienvenida también. Sana, sin demasiados vicios (dentro de lo que se pueda pedir). Que no fume y que no tome (aunque si toma, que sea con moderación). En cuanto al aspecto físico, y si bien este joven sabe que es importante, no desea salir con una modelo a la que tenga que perseguir a todos lados. Ni con una vedette, ni mucho menos con una chica ligerita de cascos… nada de eso. Sólo busca una chica común, tranquila, de buena familia, que trabaje y, en lo posible, estudie. Que sepa el sacrificio que implica levantarse todos los días temprano para ir a trabajar, salir de la oficina, estar durante dos horas luchando contra el calor y el transito porteño para llegar tarde a una clase en una facultad que se cae a pedazos. Eso es lo que pedía en ese aviso. Si bien esto parece algo de suma facilidad de conseguir, este muchacho ha tenido particular dificultad para poder encontrar lo que anda buscando.

Ahora que lo leo, no estoy tan seguro de que lo haya leído, o…

jueves, 20 de diciembre de 2007

Ayer

Cómo describir como me siento si me siento raro como pocas veces me sentí.
Ayer te volví a ver después de varios meses (desde las vacaciones de invierno, según nos dieron las cuentas). Cuando te dejé de ver, estaba muy enojado con vos.
Ayer no pude disimular absolutamente nada de lo que me pasa cuando te tengo cerca.
Ayer te dije muchas cosas. Te enteraste de muchas cosas.
Ayer te sorprendiste cuando te dije que ese cuento estaba inspirado en vos. No sé por qué, más allá del hecho de que yo sea el primero que te haya hecho algo semejante, como es escribir esas sensaciones y contarte esas cosas.
Ayer te dije muchas cosas que no sabías, aunque en algún lugar, me parece que sí las sabías. O, por lo menos, te las imaginabas.
Ayer confirmé que a vos te pasan conmigo muchas de las cosas que a mi me pasan con vos.

Ayer reafirmé muchos pensamientos que tengo cuando vos estás (de alguna manera) conmigo.
Ayer, mientras cruzábamos la calle, nuestras manos se fundieron en un hermoso acto de ternura, como si fuésemos alguno de los “enanos” con los que laburás. Y aunque no fue por más de cinco segundos, sentí que los dos le volvimos a pertenecer al otro. Sabés que me encantaría que eso vuelva a ser así. Y que sea por más de cinco segundos. Aunque no quiero poner ningún tipo de definición de tiempo que te haga salir corriendo.
Ayer volví a ver esos ojitos brillar por algo que sabemos los dos sería muy bueno y particularmente lindo que pase, pero que vaya a saber uno por qué vueltas de la vida, todavía no pasa.
Ayer me encantó darme cuenta que tenés tantas ganas de que pase eso como yo. Y te digo la verdad, voy a entender antes la Teoría de la Relatividad que el por qué no pasa eso entre vos y yo.
Ayer me encantó ver como esos ojitos me devolvían su brillo y su deseo. Porque ellos sí se dan cuenta de que todo lo que digo, lo digo de corazón. Y ellos me dicen que por tu cabeza y tu cuerpo, en algún momento, pasa ese deseo.
Ayer me di cuenta que tendremos nuestras diferencias, pero también sé que tenemos muchas cosas en común. No sabemos lo que va a pasar, hasta que nos pase. Por eso tendríamos que dejar que la pelota ruede y que, si está destinado a pasar (¿meant to be se dice en tu lengua?), que pase.
Ayer me dijiste que compre un libro para inspirarme. Yo te contesté que la inspiración no nace de un libro, porque sino sería plagio. La inspiración, o por lo menos la mía, nace de situaciones como la de ayer. Vos me dijiste que compre un libro para inspirarme, cuando lo único que necesito para inspirarme sos vos.

martes, 11 de diciembre de 2007

El hecho (episodio I)

Los disparos que se oían resonar, uno tras otro, provenían de la oficina de arriba. Fueron 12 en total. Todos terminaron llenando de plomo el cuerpo del Gerente del Banco. Una banda súper profesional, con chalecos antibalas, armas largas, guantes y, como si fuera poco, máscaras. Pero no cualquier máscara. Máscaras de figuras argentinas de toda la historia argentina. Sarmiento, Belgrano y Rivadavia eran sólo 3 de los que entraron al Banco. Pero una serie de presidentes constitucionales de principios del siglo XX, estaba en las afuera de la entidad, esperando al primer patrullero que se atreviera a hacer su aparición. Eran las 10.45 de la mañana, sin embargo, a la banda no le llevó más de 5 minutos su estadía ahí dentro. Entraron, durmieron al guardia de seguridad, y directamente fueron a la oficina del Gerente. Rompieron la puerta, uno le apuntó a la cabeza al señor que estaba sentado ahí, pávido de reacción, y sin mediar palabra, lo fusiló. 12 balas de un M-16 lo dejaron como un viejo trapo de piso, el cual ya perdió su capacidad de absorción.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Mora, la nena bien

Mora tiene 17 años. Dice ser virgen, aunque su voz la contradiga. Es de una familia bien del Sur del Gran Buenos Aires, que no deja que le falte nada. Va a un colegio privado, en el que todos usan uniforme para parecer iguales y ocultar sus diferencias bancarias. Mora será una futura arquitecta, aunque no creo que de la UBA como ella quiere, porque como en su casa no está acostumbrada a hacer nada, dudo que en esa selva que es la Universidad de Buenos Aires, vaya a sobrevivir más de un cuatrimestre. Mora dice ser virgen, aunque estoy seguro que no lo es. Juega con esa seudo inocencia de quien cree que sabe todo sobre la vida, pero al final de cuentas, no sabe nada. Sin embargo, ella juega y sigue jugando con fuego. Juega y juega, hasta que un día se queme. Y, ese día, quizás, deje de jugar con fuego.
Mora cree saber tanto sobre la vida, tenerla tan clara, que los primeros comentarios que ella hacía acerca de que nadie iba a influir en sus relaciones, terminan, sin que ella lo sepa, influyendo. Como tantos otros casos: la nena bien, no puede nunca ser desvirgada, o incluso “poseída” por alguien que no sea de su misma clase. Entonces, el padre, ni lerdo ni perezoso, se preocupa por presentarle y hacer que se encuentre sistemáticamente, con la persona que él cree es la mejor para su hija. Sin saber realmente, que ese pibe que él seleccionó para el desvirgue de su nena, es un tarado que lo único que busca es sacarse la calentura. Que poco le importa lo que Mora piense. Que en realidad, le viene haciendo el jueguito de amigo desde que la conoció, porque carece de la valentía suficiente que todo hombre debe tener al momento de adentrarse en ese mundo tan complicado que es la mente de una mujer. Más allá de esto, es indudable que su patético jueguito de amiguito, le está dando frutos. Nunca estuvo tan cerca de desvirgarla, de poseerla. Nunca estuvo tan cerca de completar su más ferviente deseo carnal desde que la conoció.
Mora es así. Culpa a una persona de hacerla llorar, cuando esa persona realmente llegó a quererla. Mora idolatra a otra persona, que lo único que quiere es calmar su libido dentro de ella. Así es Mora, esta nena de 17 años que, con sus 97 de turgentes bustos, lejos va a estar de terminar siendo una mujer fiel y demás. Lamentablemente para ella, y lamentablemente para la persona que realmente llegó a quererla y sufrió, y la perdió por no ser de su mismo círculo social, Mora terminará en una página de Internet dentro de algunos meses, como mucho algunos años. Ofreciéndole su cuerpo a algún empresario, igual que su padre, que estén dispuestos a depositar sobre esa piel tersa, unos billetes a cambio de 60 minutos de alegría.
Una lástima para ese tipo que tanto la llegó a querer, porque es probable que con lo chico que es el mundo, algún día crucen sus destinos en esa oscura habitación, con olor a sahumerio y una tenue luz roja que ilumine sus figuras. Ese es el final predestinado para Mora. Una futura arquitecta que lo tiene todo. Pero aún teniéndolo todo, terminará como una costosa y exclusiva acompañante.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Y hoy estoy...

Y hoy estoy, acercándome hacia vos… sin darme cuenta, sin darme cuenta. Te miro, te sueño… te miro mientras duermo, y te sueño despierto. No sé por qué será, ni sé cómo terminará. Lo único que sé es que hace ya varios días que me pasa. Cuando estás cerca mío, sea de la forma que sea, siento que un fuego recorre mi cuerpo. No sé por qué será, ni sé cómo terminará, pero lo único que sé es que mi pequeño universo gira y gira, y sigue girando… y siempre, pero siempre, gira en torno a vos. En torno a tu voz. En torno a tu contorno; esa impresionante silueta de típica femme fatal argentina, que me vuela la cabeza con sus gestos. Y así, pasan y pasan mis días, y yo sigo… sigo imaginándote. Imaginándote con ese largo pelo al viento, rozando esas tan cuidadas puntas por mi cara… y yo, como el mejor de los maratonistas, sigo corriéndote. Te corro desde atrás, siempre, tratando de alcanzarte para decirte las muchas cosas que despertas en mí, y lo mucho que me gustas. Pero me es imposible alcanzarte. Te me escapas, sos muy ágil… tan femenina como ágil, astuta. Te miro, y mis ojos lloran de la emoción. Ellos fueron los primeros que me acercaron esas curvas que limitaron mi cerebro a procesar sólo sandeces. Ellos fueron los primeros que me dijeron que estabas lejos pero que, con cada día que pasaba, te tenía un poquito más cerca. Con el olfato, el olor de tu piel penetra en mí, para quedarse latente cuando no te tengo cerca. Él hace que vos sigas estando conmigo, aún cuando no lo estés físicamente. Cuando mi cerebro interpreta que ese olor te corresponde… ¿cómo explicar lo que hace mi cerebro cuando decodifica eso y lo transforma en esa inigualable sensación? Y no, la verdad que no sé ni se me ocurre cómo describir eso, porque todo pasa tan rápido que no puedo ni darme cuenta de lo que me pasa. Con el oído, esa dulce mezcla de ruidos que forman tu voz, se transforma en el Dictador de mi cabeza, diciéndole que es lo que debe hacer. ¡También, como para que se niegue! ¿Semejante dulzura y pretendo negarme? Ni pensarlo. Con el gusto, me desasno que, efectivamente, existís. Que sos de carne y hueso, y que ese sabor dulzón que tenés, me encanta. Que me lleva a quedarme días enteros haciendo uso de este sentido, sin detenerme. Pero debo hacerlo. Debo detenerme. Simplemente, para darle paso al tacto. Ese don divino que Dios nos dio, y que me permite recorrer cada centímetro de tu piel, descubriendo tus múltiples y a la vez hermosas imperfecciones. Descubriendo que cada poro de tu piel, respira por sí mismo cuando es recorrido. Que vive sus propias sensaciones. Que juega su propio partido. Sos una total delicia para mis cinco sentidos.
Qué mas te puedo decir, si sos todo lo que puedo querer. Sos todo lo que puedo soñar, hasta el día en que te encuentre.

La Belle Dame Sans Merci (La bella dama sin piedad)

Hoy pintó la idea de acercar algo distinto... este poema tiene casi 200 años. Keats lo escribió basándose en hechos aún más antiguos. Lo leí y me parece que vale la pena compartir estas cosas con toda la gente que se pueda. Que lo disfruten!



I

Ah, ¿Qué es lo que te aflige, maltrecha criatura.
Solitario y pálido vagabundo?
El junco se marchita en el lago
Y ningún pájaro canta.

II

Ah, ¿Qué es lo que te aflige, maltrecha criatura,
Tan demacrado y tan lleno de dolor?
El granero de la ardilla esta lleno
Y la cosecha ya ha sido recogida.

III

Veo un lirio en tu ceja
Con la húmeda agonía de las gotas de febril rocío
Y en tu mejilla una rosa que se desvanece
Tan rápidamente como se marchita

IV

Conocí a una dama en los prados
Llena de belleza, una niña de las hadas;
Su pelo era largo, su caminar ligero
Y sus ojos salvajes

V

La senté en mi corcel trotador
Y nada más ví durante el resto del día
A mi lado ella se recostó, y cantó
Una canción de las hadas.

VI

Hice una guirnalda para su cabeza
Brazaletes también, que la llenaron de fragancias;
Ella me miró y me hizo el amor
Con dulces quejidos.

VII

Ella me encontró raíces de dulce sabor
Miel salvaje y maná del rocío
Y en un lenguaje ciertamente extraño le dijo-
‘Te amo’

VIII

Ella me llevó a su gruta encantada
Y allí me contemplo, y suspiro profundamente,
Y allí cerré sus ojos salvajes
Para besarla hasta caer rendidos.

IX

Y entre el musgo sucumbimos al sopor
Y allí soñé – Ah! dolor!
El último sueño que jamás tuve
En la pendiente de la fría colina.

X

Ví pálidos reyes, y princesas también,
Pálidos guerreros, todos con la palidez de la muerte;
Ellos gritaban – ‘¡La bella dama sin piedad
Te ha esclavizado!’

XI

Vi sus hambrientos labios en la penumbra
Con un horrible bostezo avisador,
Y me desperté, encontrándome aquí
En la pendiente de la fría colina

XII

Eso es lo que ha hecho que me encuentre aquí
Solitario, pálido y vagabundo,
Aunque el junco se marchite en el lago

Y ningún pájaro cante.


John Keats