lunes, 31 de diciembre de 2007
De la cadera para abajo: zona de riesgo
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viernes, 28 de diciembre de 2007
Se solicita
Ahora que lo leo, no estoy tan seguro de que lo haya leído, o…
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jueves, 20 de diciembre de 2007
Ayer
Ayer te volví a ver después de varios meses (desde las vacaciones de invierno, según nos dieron las cuentas). Cuando te dejé de ver, estaba muy enojado con vos.
Ayer no pude disimular absolutamente nada de lo que me pasa cuando te tengo cerca.
Ayer te dije muchas cosas. Te enteraste de muchas cosas.
Ayer te sorprendiste cuando te dije que ese cuento estaba inspirado en vos. No sé por qué, más allá del hecho de que yo sea el primero que te haya hecho algo semejante, como es escribir esas sensaciones y contarte esas cosas.
Ayer te dije muchas cosas que no sabías, aunque en algún lugar, me parece que sí las sabías. O, por lo menos, te las imaginabas.
Ayer confirmé que a vos te pasan conmigo muchas de las cosas que a mi me pasan con vos.
Ayer reafirmé muchos pensamientos que tengo cuando vos estás (de alguna manera) conmigo.
Ayer, mientras cruzábamos la calle, nuestras manos se fundieron en un hermoso acto de ternura, como si fuésemos alguno de los “enanos” con los que laburás. Y aunque no fue por más de cinco segundos, sentí que los dos le volvimos a pertenecer al otro. Sabés que me encantaría que eso vuelva a ser así. Y que sea por más de cinco segundos. Aunque no quiero poner ningún tipo de definición de tiempo que te haga salir corriendo.
Ayer volví a ver esos ojitos brillar por algo que sabemos los dos sería muy bueno y particularmente lindo que pase, pero que vaya a saber uno por qué vueltas de la vida, todavía no pasa.
Ayer me encantó darme cuenta que tenés tantas ganas de que pase eso como yo. Y te digo la verdad, voy a entender antes la Teoría de la Relatividad que el por qué no pasa eso entre vos y yo.
Ayer me encantó ver como esos ojitos me devolvían su brillo y su deseo. Porque ellos sí se dan cuenta de que todo lo que digo, lo digo de corazón. Y ellos me dicen que por tu cabeza y tu cuerpo, en algún momento, pasa ese deseo.
Ayer me di cuenta que tendremos nuestras diferencias, pero también sé que tenemos muchas cosas en común. No sabemos lo que va a pasar, hasta que nos pase. Por eso tendríamos que dejar que la pelota ruede y que, si está destinado a pasar (¿meant to be se dice en tu lengua?), que pase.
Ayer me dijiste que compre un libro para inspirarme. Yo te contesté que la inspiración no nace de un libro, porque sino sería plagio. La inspiración, o por lo menos la mía, nace de situaciones como la de ayer. Vos me dijiste que compre un libro para inspirarme, cuando lo único que necesito para inspirarme sos vos.
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martes, 11 de diciembre de 2007
El hecho (episodio I)
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domingo, 9 de diciembre de 2007
Mora, la nena bien
Mora cree saber tanto sobre la vida, tenerla tan clara, que los primeros comentarios que ella hacía acerca de que nadie iba a influir en sus relaciones, terminan, sin que ella lo sepa, influyendo. Como tantos otros casos: la nena bien, no puede nunca ser desvirgada, o incluso “poseída” por alguien que no sea de su misma clase. Entonces, el padre, ni lerdo ni perezoso, se preocupa por presentarle y hacer que se encuentre sistemáticamente, con la persona que él cree es la mejor para su hija. Sin saber realmente, que ese pibe que él seleccionó para el desvirgue de su nena, es un tarado que lo único que busca es sacarse la calentura. Que poco le importa lo que Mora piense. Que en realidad, le viene haciendo el jueguito de amigo desde que la conoció, porque carece de la valentía suficiente que todo hombre debe tener al momento de adentrarse en ese mundo tan complicado que es la mente de una mujer. Más allá de esto, es indudable que su patético jueguito de amiguito, le está dando frutos. Nunca estuvo tan cerca de desvirgarla, de poseerla. Nunca estuvo tan cerca de completar su más ferviente deseo carnal desde que la conoció.
Mora es así. Culpa a una persona de hacerla llorar, cuando esa persona realmente llegó a quererla. Mora idolatra a otra persona, que lo único que quiere es calmar su libido dentro de ella. Así es Mora, esta nena de 17 años que, con sus 97 de turgentes bustos, lejos va a estar de terminar siendo una mujer fiel y demás. Lamentablemente para ella, y lamentablemente para la persona que realmente llegó a quererla y sufrió, y la perdió por no ser de su mismo círculo social, Mora terminará en una página de Internet dentro de algunos meses, como mucho algunos años. Ofreciéndole su cuerpo a algún empresario, igual que su padre, que estén dispuestos a depositar sobre esa piel tersa, unos billetes a cambio de 60 minutos de alegría.
Una lástima para ese tipo que tanto la llegó a querer, porque es probable que con lo chico que es el mundo, algún día crucen sus destinos en esa oscura habitación, con olor a sahumerio y una tenue luz roja que ilumine sus figuras. Ese es el final predestinado para Mora. Una futura arquitecta que lo tiene todo. Pero aún teniéndolo todo, terminará como una costosa y exclusiva acompañante.
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miércoles, 5 de diciembre de 2007
Y hoy estoy...
Qué mas te puedo decir, si sos todo lo que puedo querer. Sos todo lo que puedo soñar, hasta el día en que te encuentre.
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La Belle Dame Sans Merci (La bella dama sin piedad)
Hoy pintó la idea de acercar algo distinto... este poema tiene casi 200 años. Keats lo escribió basándose en hechos aún más antiguos. Lo leí y me parece que vale la pena compartir estas cosas con toda la gente que se pueda. Que lo disfruten!
I
Ah, ¿Qué es lo que te aflige, maltrecha criatura.
Solitario y pálido vagabundo?
El junco se marchita en el lago
Y ningún pájaro canta.
II
Ah, ¿Qué es lo que te aflige, maltrecha criatura,
Tan demacrado y tan lleno de dolor?
El granero de la ardilla esta lleno
Y la cosecha ya ha sido recogida.
III
Veo un lirio en tu ceja
Con la húmeda agonía de las gotas de febril rocío
Y en tu mejilla una rosa que se desvanece
Tan rápidamente como se marchita
IV
Conocí a una dama en los prados
Llena de belleza, una niña de las hadas;
Su pelo era largo, su caminar ligero
Y sus ojos salvajes
V
La senté en mi corcel trotador
Y nada más ví durante el resto del día
A mi lado ella se recostó, y cantó
Una canción de las hadas.
VI
Hice una guirnalda para su cabeza
Brazaletes también, que la llenaron de fragancias;
Ella me miró y me hizo el amor
Con dulces quejidos.
VII
Ella me encontró raíces de dulce sabor
Miel salvaje y maná del rocío
Y en un lenguaje ciertamente extraño le dijo-
‘Te amo’
VIII
Ella me llevó a su gruta encantada
Y allí me contemplo, y suspiro profundamente,
Y allí cerré sus ojos salvajes
Para besarla hasta caer rendidos.
IX
Y entre el musgo sucumbimos al sopor
Y allí soñé – Ah! dolor!
El último sueño que jamás tuve
En la pendiente de la fría colina.
X
Ví pálidos reyes, y princesas también,
Pálidos guerreros, todos con la palidez de la muerte;
Ellos gritaban – ‘¡La bella dama sin piedad
Te ha esclavizado!’
XI
Vi sus hambrientos labios en la penumbra
Con un horrible bostezo avisador,
Y me desperté, encontrándome aquí
En la pendiente de la fría colina
XII
Eso es lo que ha hecho que me encuentre aquí
Solitario, pálido y vagabundo,
Aunque el junco se marchite en el lago
Y ningún pájaro cante.
John Keats
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