jueves, 31 de enero de 2008

El agua y yo

Mi día de ayer se volvió emocionante cuando salí del laburo, me fui a capital, hago las cosas que tengo que hacer, paso por el cajero, y cuando llego a la esquina del Banco (Santa Fe y Julián Alvarez apróx.), me cae una gota en la cabeza. Miro: era agua. Agua de lluvia. Miro mi reloj: 21.03; me acuerdo del gordito que da el tiempo en el 13 a las 7 de la matina y su atemorizante pronóstico: "esperamos lluvias intensas para las 21". Por más bien que me cae, por la cara de tan buen tipo que tiene, no puedo evitar acordarme de sus familiares, y sigo caminando. Llego a la esquina de Santa Fe y Scalabrini Ortíz, y ¡pum! se vino el cielo abajo como cuando una piñata es rota. Me quedo refugiado en el toldo de un negocio durante unos minutos. Pero ya pasaron 20, parece que cada vez llueve más fuerte, las veredas se empiezan a inundar (y ahora me acuerdo de los familiares del amigo Ibarra, porque Macri asumió hace muy poco, y Telerman tuvo que completar un cargo para el que no fue elegido). Pienso: "si me quedo acá, paso la noche entera parado como un poste". Veo la gente que pasa tan mojada como el agua que cae del cielo. Y bue, pero si no salgo de acá, no llego más a casa (desde que el colectivo arranca en la puerta de La Rural, tengo una hora hasta la puerta del barrio). Me calzo la mochila en los dos hombros, y empiezo a correr. Llego a la esquina de Santa Fe y República Arabe-Siria, y no sólo estoy empapado, sino que también la esquina está tapada de agua. Salto el charco, me quedo corto, y caigo en el medio de una laguna que la tan querida ciudad me obsequia. Me corro todo el Botánico, inundado y sin poder ver lo que pasa 10 metros más adelante. Una lente de contacto se me mueve, y pierdo el foco de hacia dónde estoy yendo. Parezco un barco sin su centinela, un equipo de fútbol sin su 5. Con toda el agua que mi cuerpo y mi ropa pueden absorber, sigo corriendo. Llevo cerca de 500 metros de correr sin parar bajo una interminable cortina de agua. Cuando llego a la Calzada Circular, lo único que atino a hacer es a quedarme debajo de una parada de colectivo, agarrar un CD, y tratar de buscar donde estaba mi lente... Estaba, sí. Pegada al párpado. Gotitas lubricantes para hacerla bajar, reacomodo los faroles, pongo las luces altas, intercambio dos palabras con un tipo al que, probablemente, no vuelva a ver en esta vida, y sigo corriendo. El techo de un puesto de diario me resguarda antes de cruzar corriendo Las Heras, con tanta agua en los zapatos que podría hacerme unos fideos ahí adentro. Cruzo el Zoo, Sarmiento y llego a La Rural, saco boleto y me subo al bondi, hecho un trapo de piso recién usado de 1.77 de estatura. Dejo la mochila en el asiento de al lado, me escurro la remera. Sí, sí, me la escurro. Y cuando saco mi mp3 para tratar de distenderme un poco, veo por la ventana que ya paró de llover. ¡Uyyyy, Barba! ¿Es necesario que me hagas pasar por todo esto? ¿Tan flojo vengo en comportamiento, como para haber pasado por todo esto, cuando si esperaba 15 minutos más abajo de ese toldo, no me mojaba ni un poquito? Bue, qué le voy a hacer... para variar, se me sentó un boludo al lado, haciendo imposible que ese increíble jean blanco que es la última en subir, se me siente al lado. Le mando saludos a la familia de este pobre tipo en 3 idiomas diferentes, y me resigno a ver la ruta inundada. Ya no llueve. Me pongo contento. 40 km. de ruta y sin lluvia, definitivamente es algo bueno. "Para cuando me baje, por fin voy a poder caminar sin agua sobre mi cabeza", pienso. Algunos kilómetros más adelante, se largó (¡otra vez!). ¡¡¡Puf!!! Ay, Barba, Barba... seguro que estás leyendo mi mente, y sabiendo lo que estoy pensando de vos. No creo que te importe mucho, ¿no? No digo ser un hijo pródigo, pero tampoco para que me des el baño de mi vida. No termino de poner un pie abajo del colectivo, que me vuelvo a inundar. Resignado, no me queda otra que caminar las 7 cuadras que separan la entrada al Barrio de mi hogar, dulce hogar. Camino lento, bajo la lluvia. Como quien vuelve a su refugio con el caballo cansado de tanto andar... encontré algo bueno de todo esto: más, no me puedo mojar. Creo que a esta altura ya soy inmune al agua. Creo que tengo una especie de piloto invisible que se encarga de hacer que el agua resbale por mi cuerpo, para desvanecerse en la calle. Por fin llego a mi casa... empanadas calentitas, recién sacadas del horno me esperan. Me siento, las como... mirando un rato de tele antes de bañarme. Para que me voy a bañar antes de cenar si me mojé, me sequé y me volví a bañar antes de llegar a casa siquiera. Si me voy a enfermar, ya hace como una hora que es tarde para darme un baño caliente. Las noticias dicen que la temperatura bajó 13 grados entre la tarde y la medianoche que nos invade. A esta altura, ni idea de qué temperatura tiene mi cuerpo y, a decir verdad, poco me importa eso. Ducha y a la cama, a descansar para alguna nueva aventura que me deparará el día de mañana.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Q dia queridoo!!..no me hubiera gustado estar en tus zapatos..(..)`pa la prox, paraguas en mano!, y sino, hacele caso al meteorologo!

Griselda dijo...

Para qué correr tanto? en tu lugar hubiera caminado disfrutando de la lluvia, tranqui, como hiciste cuando bajaste del bondi...